TALLERES DE BIODANZA

 

ANGÉLICA REVECO

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Que es Biodanza?

 

Biodanza es un sistema revolucionario que a través de la música y el movimiento transforma la vida de los seres humanos desde la afectividad, despertando la sensibilidad y estimulando los potenciales positivos para recuperar la alegría de vivir.

 

Frecuentemente las personas tienen, producto de la sociedad moderna, a diferentes circunstancias de la vida, temores, stress, etc, una enorme cantidad de represiones. La Biodanza va creando un clima de confianza que permite exteriorizar el afecto, la ternura, la solidaridad, el compañerismo, rompiendo los convencionalismos, transcendiendo el egoísmo y los temores que impiden la completa expresión humana. Lo mas importante es que permite ir superando nuestras propios limites los cuales hacen que realicemos siempre lo mismo ante diferentes situaciones; es decir no nos permite brillar.

 

Todos tenemos una gran luz interior (todos en esencia somos amables, cariñosos , afectuosos, trascendentes, vitales, creativos...); esta luz quedó sepultada debajo de tantas capas y capas de estos limites auto impuestos. Biodanza te la posibilidad de volver a ser Esencia, Unidad, ser Nosotros Mismos, superar esa capas y brillar mas que nunca, ser Amor.

 

A través de la expresión corporal vamos a un encuentro con nuestro interior y, a través de él, descubrimos cuánta poesía existe dentro nuestro, cuántos sentimientos escondidos que hasta el momento han sido desconocidos.

 

Biodanza es útil a toda persona que desee liberarse en forma positiva, que quiera comunicarse plenamente consigo misma y con los demás. Produce un equilibrio entre el físico, la emoción y la mente.

 

Cómo vivir solos

 

A propósito de la capacidad de la Biodanza para crear tribus, para potenciar comunidades y vivir experiencias grupales, alguien recientemente preguntaba por qué hoy en día se dejaba a las personas tan solas, por qué era tan difícil comunicarse. Y quizás el problema no es que nos dejan solos, es que no nos dejan lo suficientemente solos. En este sentido, la Biodanza, aunque es una actividad en grupo, a largo plazo, tiene la capacidad de reconciliar a las personas con su soledad.

 

 Es cierto que sufrimos un exceso de comunicación, estamos “atravesados de palabras inútiles, de una cantidad demente de palabras e imágenes” –como dijera el filósofo Deleuze, y sería mejor crear “vacuolas de soledad y de silencio” hasta que por fin se tenga algo que decir.

 

Recuerdo y agradezco una intensa sesión de Biodanza con Luis Otavio Pimentel, donde nos facilitó durante 2 horas en silencio, sin pronunciar palabras; su cuerpo era como una varita mágica que nos guiaba y abría las puertas de la música y los ejercicios y todo encajaba a la perfección en el silencio. Experiencias de intenso silencio, que cargan de nuevos sentidos los espacios, las acciones, la memoria existen en muchos ámbitos, pero hacen falta más, este es un caso:

 

    Jean Oury, que dirigió junto con Félix Guattari la clínica La Borde, prácticamente se internó con sus pacientes en ese castillo antiguo y decadente. La cuestión que lo asedió por el resto de su vida: ¿Cómo sostener un colectivo que preserve la dimensión de la singularidad? ¿Cómo crear espacios heterogéneos, con tonalidades propias, atmósferas distintas, en los que cada uno se enganche a su modo? ¿Cómo mantener una disponibilidad que propicie los encuentros, pero que no los imponga, una atención que permita el contacto y preserve la alteridad? ¿Cómo dar lugar al azar, sin programarlo? ¿Cómo sostener una “gentileza” que permita la emergencia de un hablar allí donde crece el desierto afectivo?

 

Nuestro presente está inmerso en un capitalismo en red que enaltece al máximo las conexiones y las monitorea y modula con finalidades vampirezcas. Es adormecedora como la tele, la sensación de cercanía que producen las redes sociales, sobre todo porque permiten que se multipliquen los encuentros. No necesariamente con personas, sino con movimientos, ideas, acontecimientos, entidades. Y hacen tanto ruido…

 

    “Somos desiertos, pero poblados de tribus… Pasamos nuestro tiempo acomodando esas tribus, disponiéndolas de otro modo, eliminando algunas de ellas, haciendo prosperar otras. Y todas estas poblaciones, todas estas multitudes no impiden el desierto, que es nuestra propia ascesis; al contrario, ellas lo habitan, pasan por él, sobre él […] El desierto, la experimentación sobre sí mismo, es nuestra única identidad, nuestra única alternativa para todas las combinaciones que nos habitan.”

 

Tal vez todo esto dependa, en el fondo, de una rara teoría del encuentro. Incluso en el extremo de la soledad, encontrarse no es chocar extrínsecamente con otro, sino experimentar la distancia que nos separa de él, y sobrevolar esta distancia en un ir-y-venir loco: “Yo soy Apis, yo soy un egipcio, un indio piel-roja, un negro, un chino, un japonés, un extranjero, un desconocido, yo soy un pájaro del mar y el que sobrevuela tierra firme, yo soy el árbol de Tolstoi con sus raíces”, dice Nijinski.

 

Reivindico la necesidad del silencio, del estar tú contigo, de sentirte solo, de mirar de lejos las multitudes, de sonreír auténticamente lejos de presiones externas y mirar hacia dentro: todo está en ti, aunque son necesarios los otros.

 

Basado en un artículo del periódico El Amanecer

 

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